Nunca habrá una valla suficientemente alta

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ELENA VALENCIANO | EL PAIS Nunca habrá una valla en Ceuta suficientemente alta como para frenar a las mujeres y los hombres que buscan un futuro mejor, mientras persista la escandalosa desigualdad económica y demográfica entre Europa y África. Mil cien millones de personas viven allí, una población que crece impulsada por una tasa media de fecundidad de cinco hijos por mujer. El 41% de esa población tiene menos de 15 años y la edad media es de 20. Frente a esa realidad, el 18% de los ciudadanos de la Unión Europea tienen más de 64 años y es este el grupo de edad que más crece. Además, la UE tiene una de las tasas de nacimiento más bajas del mundo —1,6 hijos por mujer—. Este desequilibrio demográfico se solapa con una impactante diferencia en niveles de vida. El PIB por habitante de la Unión Europea representa 34.000 dólares frente a una región en la que, por ejemplo, Burkina Faso solo alcanza los 1.600 dólares, una región que concentra a los 10 países más pobres del planeta, según el Índice de Desarrollo Humano. La renta per cápitamedia de la UE es 30 veces superior a la de África. No hay dos regiones fronterizas en el mundo con una mayor desigualdad que la que existe entre la Unión Europea y África. Por eso cada vez más africanos llaman a las dos puertas de Europa en ese continente: Ceuta y Melilla.

En este dramático contexto, la muerte de 15 subsaharianos en aguas de la bahía de Ceuta y los repetidos saltos a las vallas que la separan de África nos plantea, además de que se establezcan las responsabilidades políticas del Gobierno, algunas preguntas legítimas. La más importante: ¿se podía prever o era algo inevitable? Lo que está ocurriendo en Ceuta y Melilla obedece a múltiples causas, pero, sin duda, es síntoma del previsible resultado al que ha conducido el olvido político y la ausencia de visión estratégica del Gobierno de Rajoy hacia África. La situación en la frontera sur de España y de la Unión Europea necesita con urgencia un enfoque integrado de política migratoria, cooperación al desarrollo y política común europea. Sin embargo, la respuesta del Gobierno parece haberse limitado en estos dos años a mirar a la valla. Hay un triple error en esa miopía política. Primero, el Gobierno ha debilitado al máximo las relaciones de colaboración en asuntos migratorios con los países africanos y, por supuesto, la cooperación al desarrollo. Esta última es el mejor instrumento de apoyo y acompañamiento a las políticas africanas para ofrecer una alternativa a quienes, hoy, se ven abocados a la emigración hacia Europa. Segundo, cuando la situación se ha hecho insostenible frente a Ceuta y Melilla, los únicos instrumentos que el Gobierno había previsto para hacer frente a la crisis han sido pelotas de goma y cuchillas en las vallas fronterizas. No tenían otros porque los han ido abandonando. Por último, se ha desperdiciado más de la mitad de la legislatura para corresponsabilizar a la UE en la gestión de la inmigración hacia España y Europa. De manera absolutamente negligente, no hay ya ni visión de conjunto ni objetivo alguno de lucha contra la pobreza en África. No hay política de Estado sobre África. El Gobierno de Rajoy la ha clausurado.

El Gobierno del Partido Popular consideró desde el primer momento que la ayuda oficial al desarrollo era un gasto superfluo e innecesario. La ayuda al desarrollo española se sitúa hoy en el 0,17% de la Renta Nacional Bruta, relegando a España a los últimos puestos de donantes internacionales. Estamos tan lejos del objetivo del 0,7% que se puede afirmar que España no tiene ya política de cooperación al desarrollo. Este Gobierno nunca ha comprendido que la cooperación no es gasto, sino inversión. Inversión para que África y España afronten conjuntamente los retos a los que tienen que hacer frente y saquen el mayor beneficio mutuo de las oportunidades de un continente rico y joven como es África. Bajo la decisión política de acabar con la cooperación al desarrollo anida un sustrato ideológico. África está tan lejos en sus mentes que no se dan cuenta de lo cerca que está de nosotros geográficamente. Olvidan que somos el único país de Europa con una parte de nuestro territorio en ese continente. No reparan en que compartimos con África retos y oportunidades que abarcan desde la salud sexual y reproductiva hasta el cambio climático. Desde el crecimiento económico hasta la seguridad. En suma, que España y Europa tienen una auténtica agenda común con el continente africano y muy especialmente con África Occidental, nuestros vecinos subsaharianos.

Por eso, la respuesta al drama humano de tantos miles de mujeres y hombres pasa, para empezar, por retomar los programas de cooperación al desarrollo con África, muy especialmente con África Subsahariana. De manera que se pueda hacer frente tanto a las situaciones más graves de hambruna, sequías o conflicto, como a la necesidad de ofrecer horizontes de futuro, en especial puestos de trabajo a los millones de jóvenes subsaharianos que cada año necesitan acceder a un mercado laboral sin perspectiva. La vertiente policial de la política migratoria debe concentrase, además de garantizar la legalidad, en luchar contra las mafias que trafican con seres humanos. También debemos tener en cuenta que las mujeres y hombres de África ya viven con nosotros y contribuyen al bienestar de nuestra sociedad en trabajos, en muchos casos, especialmente ingratos. Su integración plena es parte importante de una política migratoria global para España. Por último, pongamos a Europa en el centro de la respuesta. España es el único país de la Unión Europea con una frontera terrestre en África. Por tanto, la UE, a través de España, tiene una frontera terrestre con África. Necesitamos, es ya una emergencia, una política migratoria común europea.

Si las acciones anteriores se ponen en práctica, España tendrá una política de Estado hacia África con una triple vertiente: cooperación al desarrollo, dimensión europea y canalización humana y ordenada de los flujos migratorios que necesariamente incluye la colaboración migratoria con los países de origen y tránsito. Si no, tendremos vallas, cada vez más altas, que solo servirán para frenar nuestros valores y laminar las esperanzas de los africanos.